Notas de lectura de Luis Hernán Castañeda

“Los sueños” (1627) de Quevedo

Posted in Siglo de Oro by castanel2 on 30/04/2010

En “Los sueños” de Quevedo, la primera línea de la Dedicatoria al Conde de Lemos en el “Sueño del juicio final” es muy significativa: “A manos de vuestra Excelencia van estas desnudas verdades que buscan no quien las vista, sino quien las consienta”.

Es posible comparar la dedicatoria con las siguientes palabras de la Muerte, justamente en “Sueño de la muerte”: “-¿No me dejarás vestir? le pregunta el narrador / -No es menester -respondió (la muerte)-, que conmigo nadie va vestido, ni soy embarazosa. Yo traigo los trastos de todos, porque vayan más ligeros”.

La desnudez de las verdades y la desnudez de los cuerpos entablan una relación de analogía. Hay aquí una “cadena de desnudeces”: para empezar, la desnudez del mensaje/contenido de los sueños; luego, la desnudez del narrador, del sujeto que experimenta y relata su experiencia. Aparecen dos primeras posibilidades de lectura:

 a. “Teoría quevediana de la realidad”. La desnudez verbal y la desnudez corporal conllevan una virtud retórica y cognoscitiva, que se retroalimentan: la facultad de experimentar y conocer la verdad desnuda permite acceder a la sustancia secreta de la realidad, que se esconde detrás del ropaje de las apariencias. El ser esencial del mundo, más allá del engaño de los sentidos, está dado por la omnipresencia de la muerte en la vida. La muerte es la realidad última, la verdad esencial.

 b. “Teoría quevediana del lenguaje”. En “El mundo por de dentro”, el Desengaño afirma: “Pues todo es hipocresía. Pues en los nombres de las cosas ¿no la hay la mayor del mundo? […] Así que ni son lo que parecen ni lo que se llaman, hipócritas en el nombre y en el hecho”. La hipocresía de los nombres abre una visión del lenguaje como engaño, apariencia, ilusión, ropaje que enturbia la ansiada “verdad” desnuda. Ese ropaje que nubla la verdad debe ser descubierto y penetrado, pero el instrumento para lograrlo es el mismo lenguaje, en este caso la prosa de “Los sueños”. Por eso, es una prosa de segundo grado. Así, el blanco de la sátira sería el velo del lenguaje.

 Esta disociación entre ser y apariencia, entre lenguaje y mundo, está en el corazón de lo que William Egginton considera como “el problema de pensamiento” neurálgico de la cultura y estética barrocas en todas sus manifestaciones artísticas, filosóficas y políticas. En su reciente libro “The Theater of truth”, Egginton sostiene que “this problem of thought concerns the relation of appearances to the world they represent” (6). Para la estética barroca, las apariencias de la realidad ocultan “la realidad en sí”; sin embargo, paradójicamente la única forma de conocer esa realidad es a través de los sentidos. Las palabras engañan a la vez que son el único instrumento para rasgar y atravesar el engaño del mundo.  

 La estética barroca desarrolló dos estrategias contrapuestas para lidiar con este problema. Por una parte, existió una major strategy (estrategia mayor, central o hegemónica), según la cual esa verdad trascendental existe, y es afirmada como confiable y deseable a pesar de la imposibilidad de poseerla (Maravall y el teatro barroco). Sin embargo, no hay que desdeñar la fuerza de una minor strategy (estrategia menor), que no niega la existencia de la verdad, sino que busca difuminar o problematizar la distinción entre verdad y apariencia, entre cosa y palabra, con la finalidad ulterior de señalar la imposibilidad de descartar las apariencias: vivimos en un mundo de mediaciones; la mediación, la representación, es la condición de posibilidad del conocimiento.

 Tradicionalmente, se suele ver a Quevedo como un sujeto político y estético de inclinaciones conservadoras; tanto en su visión de la realidad contemporánea como en su práctica autorial, Quevedo vendría a ser un representante de la estrategia mayor de Egginton. Sin embargo, considero que puede realizarse una contralectura de textos como “Los sueños”, no para resignificarlos como una “obra menor”, sino para restituirle a esta obra una inesperada complejidad. Mi tesis es que “Los sueños” ponen en escena el diferendo entre la estrategia mayor y la estrategia menor del barroco; no afirma ni suscribe del todo ninguna de las dos, sino que se sitúa en terreno de conflicto, dramatizando así la paradoja central de la cultura barroca.

¿Cómo aparece la estrategia mayor en Quevedo? En apariencia, no hay que indagar muy profundamente para constatar la presencia de esta estrategia. Como ejemplo, podría decirse que ella se encuentra en el centro del cuarto sueño, “El mundo por de dentro”, desde su título. Se trata de una visión urbana, en la cual un joven libertino, el narrador, se encuentra en la calle con un anciano venerable que dice ser “el Desengaño”. Este personaje ofrece mostrarle al joven, engañado por las apariencias, una verdad profunda: “Yo te enseñaré el mundo como es, que tú no alcanzas a ver sino lo que parece”. Se trata, pues, de un sueño pedagógico cuya meta es lograr el desengaño del joven. Ante la pareja, desfila una procesión de personajes que suscitan, por una parte, un comentario ingenuo del joven, y una réplica sabia del anciano. El primero ve las apariencias, el segundo las desmiente como tales y revela la verdad que esconden. Por ejemplo, aparece un cortejo fúnebre, y mientras el joven cree percibir en los deudos sentimientos y pensamientos piadosos y decorosos, el viejo le descubre que la procesión es tan sólo un espectáculo superficial que esconde un conjunto de mundos privados llenos de corrupción y vileza moral. La verdad sólo reside en lo recóndito del pensamiento y en el más allá de la muerte, no en la performance de la hipocresía. El sueño termina con el triunfo de la visión del mundo propuesta por el anciano Desengaño.

La estrategia menor también halla su lugar en la prosa de Quevedo. El sueño “El mundo por de dentro” puede leerse como una sátira moral de las costumbres y prácticas de ciertos grupos sociales. Las formas de la sátira no son exclusivas de este sueño, sino que recorren el conjunto, pero en ciertos pliegues del texto, la sátira se problematiza y se deconstruye a sí misma. Quizá el sueño más transparente en este sentido es “El alguacil endemoniado”. Aquí, el narrador ingresa en la iglesia de San Pedro buscando al licenciado Calabrés, clérigo, a quien presenta como un hipócrita: “Este, señor, era uno de los que Cristo llamó sepulcros hermosos por de fuera, blanqueados y llenos de molduras, y por de dentro pudrición y gusanos, fingiendo en lo exterior honestidad, siendo en lo interior del alma disoluto y de muy ancha y rasgada conciencia”. Quisiera destacar la vivacidad y movilidad de la imagen de los gusanos, circulando y removiéndose al interior del escenario de la conciencia del clérigo. Ahora bien, el clérigo le presenta al narrador a un alguacil endemoniado, al que está exorcizando.

El centro del sueño es el diálogo entre el narrador y el demonio que ha tomado posesión del alguacil, dominando su conciencia, a tal punto que no se sabe si llamarlo “alguacil endemoniado” o “demonio enaguacilado”. Mientras que el clérigo quiere exorcizar de una vez y mandar a callar al demonio, el narrador lo insta a proseguir hablando, pues su discurso está lleno de gracia y sutileza. Así, la mayor parte del sueño corresponde al discurso del demonio, el cual se lanza a explicar los diferentes tipos de condenados del infierno. Su intención manifiesta es explicar sus pecados y el castigo que reciben por ellos; sin embargo, al hacerlo, despliega un ingenioso humor negro que prolifera sin cesar, dejando atrás al supuesto blanco de la crítica moral -el pecador y su gremio-, y ensartando así una serie de dichos sabrosos, plagados de retruécanos y juegos de palabras, que provocan la risa y el deleite de su oyente. El rasgo central de estos dichos es que llaman la atención sobre la sustancia misma del lenguaje; constantemente se auto-refieren. El primer ejemplo es el más claro; cuando describe al alguacil y explica su aversión por el agua, bendita o no, el demonio dice: “pues en su nombre (se llama alguacil) es encajada una “l” en medio”.

Así, el tono jocoso, lúdico y ligero del demonio se aleja decididamente del blanco de la sátira, y por lo tanto del referente original, para postular una visión del lenguaje que deja a un lado la valoración moral y extrae gozo de la auto-contemplación de sus propios mecanismos y posibilidades. Hay aquí un rescate del “placer de la mediación” que, claramente, corresponde a la estrategia menor del barroco según la describe Egginton. Las dos estrategias están, pues, representadas en dos sueños, sin que exista una instancia superior dirimente que privilegie una por encima de la otra. Esta comprobación bastaría para justificar la complejidad estética e ideológica de “Los sueños”; sin embargo, Quevedo va más allá. El análisis del discurso del demonio nos puede llevar a revisitar el discurso del viejo Desengaño en “El mundo por de dentro”, para encontrar ahí un eco inesperado.

Encontrándose en la calle, el joven disoluto observa a una mujer hermosa, cargada de afeites y ropajes, y alaba su gran belleza. El anciano le replica así: “¿Estáslas mirando? Pues no es cosa suya. Si se lavasen las caras no las conocerías. Y cree que en el mundo no hay cosa tan trabajada como el pellejo de una mujer hermosa, donde se enjuagan y secan y derriten más jalbegues que sus faldas […] Si la besas te embarras los labios; si la abrazas, aprietas tablillas y abollas cartones; si la acuestas contigo, la mitad dejas debajo la cama en los chapines; si la pretendes te cansas; si la alcanzas te embarazas; si la sustentas te empobreces; si la dejas te persigue; si la quieres te deja”. Este denuesto contra la mujer es más oscuro de lo que parece. Si su propósito explícito es aconsejar al joven que abandone a las mujeres, que deje de pensarlas y pretenderlas, lo que hace el viejo con la mujer en tanto figura del lenguaje, en tanto personaje de su discurso, es no dejarla tranquila, buscarla, acosarla, desvestirla, acostarla. En otras palabras, el despliegue superficial de su discurso contradice su consejo profundo, y al hacerlo, crea una grieta entre el referente y el lenguaje que lo nombra. ¿Qué debemos privilegiar, el ser o la apariencia; incluso podríamos preguntar, ¿cuál es el ser y cuál la apariencia en el discurso del anciano? Lo que se cuela por esa grieta es una proliferación verbal, un exceso que resulta injustificable desde la perspectiva moral, y que tiende un puente con el discurso del demonio. Si éste era jocoso y ligero, el del anciano es grave y admonitorio, pero finalmente, ambos discursos hacen lo mismo, sólo que en distinta modulación. Quizá el del demonio es más simple, puesto que no enmascara su complejidad detrás de una máscara de moralidad. El del anciano, sin embargo, pone en escena a cada paso un conflicto que le es íntimo e inseparable: la paradoja central del barroco, su irresolución entre la afirmación de la verdad y la afirmación de las apariencias.

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