Notas de lectura de Luis Hernán Castañeda

“The Purple Land (that England Lost)” de William Henry Hudson

Posted in Narrativa by castanel2 on 18/03/2010

Borges pensaba que “The Purple Land” (1875) era el mejor ejemplo de literatura gauchesca, lo cual no implica que el viajero que protagoniza la historia sea un gaucho, por más que este modelo esté implícito en la constitución de su subjetividad. Hay, ciertamente, un desarrollo del protagonista que permite decir que“se hace nativo”. Sin embargo, éste es un proceso gradual; la situación inicial de Richard Lamb, el viajero inglés que llega a Uruguay en el primer capítulo de “The Purple Land” no podría ser más precaria. De hecho, Lamb llega a Montevideo huyendo de Buenos Aires y de Argentina: es un prófugo, pero no por razones políticas, como tantos emigrados argentinos durante el rosismo, sino sentimentales. Lo acompaña Paquita, su esposa, la hija de un hacendado argentino tradicional, con la cual ha contraído nupcias secretamente, contrariando la voluntad del pater familias y provocando una verdadera persecución contra la pareja. Después de vagabundear por el territorio argentino, siempre a salto de mata, la pareja cruza el Río de la Plata y se refugia en Montevideo, donde una tía benévola de Paquita los acoge en su casa y, prácticamente, los sustenta y los mantiene. La situación económica de Lamb es alarmante, y por ello debe salir a buscar trabajo todos los días, pero nunca llega a encontrarlo mientras permanece en la ciudad. Mientras vaga por la ciudad, desempleado y sin esperanzas, Lamb produce ciertas imágenes de la vida política de Uruguay que remiten, vicariamente, a su propia coyuntura individual: representa al país como una república convulsa, sacudida por frecuentes y caóticas revoluciones. Hay sarcasmo en esta representación, pues implica leer la historia contemporánea uruguaya como un enigma de violencia inexplicable y, también, un poco ridícula, absurda. Éste es el cuadro personal, sentimental, político y económico dentro del cual debe ser leída una de las escenas más memorables de la novela, que dicho sea de paso, está llena de ellas: el lamento/invectiva de corte imperialista que Lamb lanza desde lo alto de una colina, que le sirve de mirador para contemplar la ciudad y “juzgarla” sin piedad.

En pocas palabras, Lamb critica el estado lamentable de la república; luego pondera los bienes de la tierra, fértil y extensa, pero desaprovechada por el gobierno actual; a continuación, se lamenta amargamente de que Uruguay no sea, a la fecha, una colonia inglesa; y por último, culpa a los ingleses, sus compatriotas, por haber abandonado tan deseable botín sin luchar por él, y los arenga a perseguir la presa perdida con renovadas energías. Ahora bien, evidentemente, el haber pronunciado un discurso de semejantes características no convierte a Lamb en un agente del imperialismo inglés, ni en un nacionalista. La prosa de Hudson, altisonante y engolada, delata claramente la autoconsciencia del mismo Lamb respecto del valor de verdad de su discurso, que está puesto en duda. El episodio invita a ser leído en clave irónica, dado el evidente contraste entre la deplorable situación del personaje y las elevadas pretensiones que revela su discurso: resulta llamativo el hecho de que sea un extranjero solitario, miserable y perseguido el que evoca el poder casi mítico de su nación lejana; además, el tono de lamento, la sensación de pérdida y frustración que se trasuntan, son menos índices de un comentario político per se que signos del estado de la subjetividad de Lamb. En otras palabras, hay una dimensión expresiva en este reclamo pseudo-imperialista: una queja individual, un síntoma de frustración personal y, tal vez, un lamento por hallarse lejos del hogar, “abandonado” por Inglaterra en un lejano y pobre Uruguay al que, por lo menos inicialmente, no puede asimilarse. El discurso de Lamb nos provee una oblicua puerta de acceso a la subjetividad del viajero protagonista de “The Purple Land”. Una prueba adicional de ello es el efecto terapéutico que obra el discurso sobre el mismo Lamb, que se siente “aliviado” después de emitirlo, y pasa a un tema más prosaico pero igualmente cotidiano y personal que todo lo dicho anteriormente: la comida: “After delivering this comminatory address I felt greatly relieved, and went home in a cheerful frame of mind to supper, which consisted that evening of mutton scrag, boiled with pumpkin, sweet potatoes, and milky maize – not at all a bad dish for a hungry man” (21).

Lamb, además de ser un héroe sentimental, es un sujeto bastante sociable y curioso, que no desaprovecha ninguna oportunidad para vincularse con quien se le ponga delante. Para comentar las relaciones que Lamb va estableciendo con los distintos personajes que va encontrando en su aventura uruguaya, hay que tener en cuenta la actitud desde la cual afronta esta experiencia: Lamb es un viajero, pero también es un desempleado que busca trabajo; también es un aventurero, que si bien necesita llegar a una estancia específica donde la tía de Paquita le ha prometido que le ofrecerán un trabajo, no tiene ningún problema en asumir desvíos y rodeos en la medida en que estos cambios de ruta puedan brindarle ocasiones de observación y estudio de la naturaleza y de los tipos humanos del territorio. Por un lado, Lamb es un naturalista, un observador de la flora, pero este no es el rasgo que lo define. Lo más importante para él es relacionarse con sujetos del lugar, conocer a los paisanos y a los gauchos, escuchar sus historias, dormir bajo sus techos: contemplarlos antropológica y estéticamente, si se quiere, desde una distancia evidente, con la plena conciencia de ser un extranjero en esas tierras, un explorador de lo exótico. Hay un punto de ironía, a veces de abierta comicidad, en su mirada; hay encuentros y desencuentros, experiencias más o menos gratificantes, aunque lo central sigue siendo el proyecto de “experimentar” una cultura ajena como un itinerante observador-participante. Hay, todavía, un núcleo íntimo de su personalidad que no se ve interpelado por ella, que sale indemne y permanece intocado.

El primer encuentro con un gaucho se da con Lucero, un viejo paisano con el cual establece una inmediata complicidad por semejanza: ambos cuentan historias; ambos son ingeniosos y sarcásticos; ambos desprecian la vida urbana y, en particular, la de Montevideo. Lamb califica a Lucero como un “born genius”, precisamente porque este gaucho-filósofo refleja, de alguna manera, la propia identidad de Lamb, así como sus opiniones políticas. Hay, por supuesto, otras formas de interacción con la alteridad: está el paso por esa casa donde se ve acosado por una “guerrilla” de pulgas, y donde tiene ocasión de “sentirse distinto” de los pobladores locales: al irse, se da cuenta de que una “gauchita” ha quedado prendada de él, y esta conciencia lo lanza fantasear sobre un posible destino uruguayo si se decidiera a afincarse en el campo, contraer matrimonio y asimilarse a la cultura local: una aculturación, al estilo de Saúl Zuratas, el “Mascarita” de la novela “El hablador” de Mario Vargas Llosa. Es la fantasía de un sujeto foráneo, que justamente confirma su distanciamiento.  Otra experiencia “positiva”, agradable para Lamb, es el encuentro con Margarita, a quien contempla, decididamente, como un objeto estético. En cuanto a observación de las costumbres, uno de los episodios centrales es el que motiva la segunda fuga de Lamb: cuando abandona la estancia donde ha sido empleado como peón, por causa de un conflicto con otro peón de la estancia llamado Blas, el Barbudo. Sucede que Lamb y su amigo, Epifanio Claro, deciden ordeñar una vaca (ilícitamente, según la ley impuesta por la negra que rige la estancia), y terminan perdiendo el lazo de Blas. Esto genera un duelo, estilo gauchesco, entre Lamb y Blas, que Lamb gana, lo que le funda una “fama de guapo” de la que Lamb, humorista, decide huir, escapándose de la estancia para cortar antes de su inicio el infinito ciclo de desafíos y muertes que rodea, trágica y performáticamente, a todo gaucho malo, a todo cuchillero que se precie (se reconoce, aquí, un eco paródico de personajes como Martín Fierro o Juan Moreira).

La actitud de Lamb es, siempre, irónica, distanciada, condescendiente. Es así con los gauchos, con el Juez de Paz y su esposa (en otro episodio posterior, también muy gracioso), pero también lo es con los mismos ingleses que se topa en el camino. Me refiero al famoso episodio de la “colonia de caballeros ingleses”, los “Glorious Four”: una mini-sociedad endogámica de jóvenes hombres, de la misma nacionalidad de Lamb, que son dueños de casas vecinas y pasan sus días en una rutina peculiar, que incluye alcoholizarse con “té y ron”, cazar zorros al estilo británico, hacer incursiones a los poblados cercanos, y no mucho más que esto. Lamb decide quedarse con ellos unos días, aceptando su hospitalidad, pero pronto se da cuenta de que el modo de vida de estos caballeros no es para él: quiero decir, el Lamb-personaje descubre que “tampoco es uno más de sus compatriotas”, aunque esto es algo que el Lamb-narrador sabe desde un principio, y de ahí el tono cómico que tiñe la totalidad del episodio, la descripción de los personajes y su vacua cotidianidad. Es interesante la cacería del zorro, porque revela el “proyecto” de estos ingleses: ser impermeables al medio, seguir viviendo como si estuvieran en Inglaterra, rechazar todo intercambio cultural y crear una ficción de vida británica en la campaña, una especie de micro-cosmos cerrado y excluyente, desde el cual se desprecia a los paisanos, se denigra sus costumbres, se guarda una distancia débilmente justificada por un sentido de orgullo y superioridad basado en la nacionalidad inglesa y sus glorias del pasado.

El momento más cómico, y también el más significativo, se da la noche en que Lamb decide abandonar a los caballeros ingleses: están todos ebrios, como siempre, y entonces uno de ellos pronuncia un discurso pseudo-imperalista, etílico, incoherente, inconducente, aunque sintomático, porque es como el doble especular del otro discurso que ya he comentado, el que dirige Lamb, con cómica prosopopeya, a la ciudad de Montevideo. Puesto en boca de este caballero inglés ebrio, el imperialismo desfallece aun más como una opción política, y se confirma con un segundo ejemplo el valor expresivo-subjetivo de este tipo de declaraciones “solemnes”. Si algo comparte Lamb con estos compatriotas suyos, es el sentimiento de estar “fuera de lugar”, descontextualizado: una sensación que no puede ser combatida con simulacros de vida colectiva como el que ensayan los “Glorious Four”. Como puede apreciarse en este ejemplo y en incontables casos más, Lamb mantiene su distancia, una distancia irónica, frente a todos los sujetos que van apareciendo en su ruta, trátese de gauchos o ingleses. Lamb es un viajero, un observador, y por ende un outsider. Al fin y al cabo, es un sujeto bicultural, pues aunque es de nacionalidad inglesa, tiene lazos profundos con el lugar: está casado con una argentina, habla el español casi sin acento, ha vivido mucho tiempo en esos parajes, conoce de primera mano las creencias y costumbres de la gente: reproduce, de alguna manera, la situación del mismo Hudson. Dicho esto, se sabe cuál es el drama del sujeto bicultural, un drama al cual Lamb no es inmune: la doble exclusión, la no-pertenencia armónica a ninguno de los dos grupos, por más que a ambos se los conozca con cierta profundidad, mayor o menor. Vale decir que el primer Lamb, el sujeto que aparece en el mundo ficcional de la novela -antes de su metamorfosis cultural-, es inglés entre los gauchos, pero también es extranjero entre los ingleses. En términos identitarios, no puede asimilarse a ninguna colectividad: su destino parece ser el del nómade solitario.

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