Notas de lectura de Luis Hernán Castañeda

“Cumandá” de Juan León Mera

Posted in Romanticismo by castanel2 on 16/03/2010

Los hechos centrales de Cumandá (1877), novela del escritor ecuatoriano Juan León Mera, se desarrollan en el área selvática de la unión del río Palora y el Pastaza, donde existe una serie de tribus desperdigadas que mantienen relaciones inestables y precarias entre sí y con los escasos misioneros que habitan la zona. La acción se desarrolla a principios del siglo XIX; no se aclara si nos hallamos en un momento colonial tardío o en una etapa nacional temprana, pero en todo caso la diferencia es irrisoria: la presencia del estado-nación es casi imperceptible. Aquí, en un espacio donde la presencia de la civilización es prácticamente nula, se enamoran Cumandá, hija de la tribu palora, y Carlos Orozco, hijo de un misionero dominico que tomó los hábitos después de que su familia fuera exterminada en una sublevación indígena.

El mayor obstáculo a esta unión es el odio que Tongana, el (supuesto) padre de Cumandá, siente por los blancos y todo lo que representa su cultura. En esta novela no hay matices, ni zonas de contacto ni espacios estriados: la división en dos bandos enemigos es tajante. Los amantes lo saben y por ello tienen que verse a escondidas. Con ocasión de una fiesta, Cumandá y Carlos viajan con las tribus de la zona a un lago, donde se celebra una fastuosa ceremonia. Los hermanos de Cumandá tratan de asesinar tres veces a Carlos, pero la joven indígena lo salva de la muerte en las tres ocasiones. El padre de Cumandá, para evitar el romance prohibido, le ofrece a su hija al gran cacique Yahuarmaqui, quien la toma por esposa. Esa noche, los amantes se fugan, pero son apresados por una tribu enemiga, que después se acerca al lago de la fiesta y ataca por sorpresa a los paloras, que se defienden valerosamente y los derrotan. Cumandá y Carlos vuelven así a las garras de Yahuarmaqui. Por ruego de uno de los indios cristianos que habían llegado con Carlos, Yahuarmaqui le perdona la vida y lo deja regresar a la reducción, pero Cumandá permanece con los paloras. En su noche de bodas, el viejo cacique muere, lo que le permite a Cumandá escapar de nuevo y salir en busca de su amado. En el camino, encuentra una canoa sin dueño, que aborda sin saber que esta pertenece a Carlos, que también ha salido a buscarla. Mientras que Cumandá logra llegar, casi moribunda, a la reducción donde se encuentra el padre Domingo, Carlos es aprehendido por los paloras. Estos intentan negociar con el religioso para intercambiar a Cumandá por su hijo, pero este se niega, pues ya sospecha que Cumandá es, en realidad, su hija Julia, que se había salvado de morir quince años atrás sin que él lo supiera. Cumandá termina por escaparse para ir a ofrecer su vida a cambio de la de Carlos, trato que, a pesar de los esfuerzos del padre y su hijo por evitarlo, termina realizándose. Al poco tiempo de la muerte de Cumandá, que es sacrificada junto a su esposo Yahuarmaqui, Carlos también fallece.

En la novela de Mera, el motivo de la muerte de Cumandá, y del destino trágico de Carlos Orozco y el padre Domingo (un duelo irresuelto que nos recuerda el de Efraín en María, tras la muerte de su amada), está en la lógica de la barbarie. En cumplimiento de un antiguo rito indígena, los paloras deben enterrar a Cumandá junto a su señor muerto, porque en vida ella fue la esposa más amada de Yahuarmaqui. El sacrificio de Cumandá, su regreso voluntario a la barbarie, me recuerda una acción similar, realizada por la cautiva que protagoniza el cuento de Cunningham Graham. Sin embargo, en este cuento la mujer indígena vuelve a la barbarie para cumplir las obligaciones matrimoniales que la retienen  al lado de su esposo indio y de sus hijos. En Cumandá, el regreso a la barbarie no implica el retorno a un orden, sino la ofrenda sacrificial de una mujer que sabe que va a morir a consecuencia de un rito salvaje que aparece claramente representado como un síntoma de barbarie.

La barbarie representada por los indios que sacrifican a Cumandá parece ser impermeable a todo contacto con la civilización y, por ende, reacia a incorporarse al proyecto nacional. Los indios conforman una sociedad cerrada y autónoma que no tiene necesidad ni deseo de aproximarse más ni a la religión ni a la sociedad de los blancos. El repudio que Tongana siente por los blancos, generado por el rencor contra la explotación a que lo sometió el padre Domingo antes de hacerse religioso, dice mucho sobre el férreo deseo de estas comunidades jívaras nómades de conservar su libertad. En efecto, el narrador de la historia da abundantes datos sobre el fracaso de las misiones en el área del Pastaza después de la expulsión de los jesuitas; la obra civilizadora emprendida por estos fue retomada por los dominicos, pero estos no lograron avanzar gran cosa en la conversión de los indios. Parece ser que los indios de Andoas, los habitantes de la reducción del padre Domingo, son la excepción a la norma. Así, la situación que representa la novela es un estado de estancamiento, en el cual los cristianos se ven obligados a establecer alianzas con los indios y a respetar sus fueros para evitar brotes de violencia.

Mientras tanto, las diversas tribus selváticas continúan haciéndose la guerra entre sí y llevando a cabo sus prácticas ancestrales. En este universo dividido entre indios y cristianos, toda posibilidad de intercambio y encuentro parece estar cerrada. El modelo de alianza erótico-política del romance fundacional tampoco tiene lugar aquí. De hecho, al principio de la novela, la esperanza de unión entre Cumandá y Carlos (cuando todavía el lector no sabe que son hermanos), que podría ser objeto de una lectura alegórica en clave de romance fundacional, se ve frustrada por el descubrimiento de que Cumandá es, en realidad, Julia. Su unión con Carlos se transforma, así, en un lazo fraternal endogámico. Se debe recordar, además, que la confusión que determinó que la mujer blanca creciera como indígena fue el rapto perpetrado por Tongana: un acto de violencia, realizado en represalia de los abusos del hombre blanco. El rencor, la violencia y la imposibilidad de unión parecen ser los determinantes de la relación entre blancos e indios, dos grupos para los cuales la novela no ofrece soluciones de integración.

Esta barrera racial y cultura es tan fuerte como la prohibición del matrimonio interracial que encontramos en Sab, pero con una diferencia central: en la novela de Gertrudis Gómez de Avellaneda, el romance imposible entre Sab y Carlota es una ley del sistema esclavista, que prohíbe la pasión ilícita del esclavo, mientras que en Cumandá, el matrimonio entre dos miembros de grupos raciales diferentes es una avenida planteada y desechada por la misma novela. La identidad secreta de Cumandá no hace sino reforzar la inviabilidad del mestizaje, una opción que, luego de ser puesta en juego, es expulsada de un mundo ficcional que afirma una realidad cultural fracturada en la cual el amor entre Carlos y Cumandá se reposiciona como afecto filial. Si Carlos y Cumandá no pueden constituir una pareja fundacional, la novela plantea otra imagen de la unión entre blancos e indios: el matrimonio entre Cumandá, la blanca, y Yahuarmaqui, el salvaje, un enlace defectuoso e, incluso, antinatural: no sólo por la diferencia de edad entre los novios, sino porque se trata de una imposición de los bárbaros que, por cierto, termina siendo anulada por la muerte del viejo líder palora durante la misma noche de bodas, en la misma habitación donde se encuentra con la joven desposada. Esta imagen de la boda como un sacrificio, que culmina con la muerte de ambos participantes, entraña una poderosa metáfora sobre la imposibilidad de la unión entre indios y blancos, dentro del mundo representado por la novela.

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