Notas de lectura de Luis Hernán Castañeda

“Oficio de tinieblas” (1962) de Rosario Castellanos: Catalina Díaz Puiljá, entre el pueblo y los dioses

Posted in Narrativa by castanel2 on 11/03/2010

La maternidad  y sus avatares es uno de los motivos centrales de “Oficio de tinieblas” (1962), la segunda novela de Rosario Castellanos: ello no debe sorprender dado que si bien el argumento, al nivel de la esfera pública, incluye a numerosos personajes masculinos influyentes -Leonardo Cifuentes, Pedro González Winiktón  y Fernando Ulloa, para no ir demasiado lejos-, el plano del tejido simbólico está dominado por los mundos interiores de un puñado de mujeres: Catalina Díaz Puiljá, “La Alazana” Julia Acevedo, Isabel Cifuentes, Idolina, entre otras varias. De hecho, podría argumentarse que los personajes femeninos superan a los masculinos en lo tocante a su densidad psicológica: son mujeres sacudidas por violentos deseos, contradictorios impulsos, siempre multidimensionales, en los que la voz del narrador en tercera persona escarba sin pudor. En cambio, los hombres de la historia suelen ser agentes superficiales de la acción política, cuya mayor seña de profundidad es un deseo sexual que se confunde con una voluntad de dominio.  

Sin entrar a discutir las diferencias entre indigenismo y neoindigenismo, se puede afirmar que el conflicto básico de la novela viene de la tradición indigenista: en tiempos del presidente Lázaro Cárdenas (1934-40), se pretende realizar una reforma agraria para redistribuir las grandes propiedades y devolverles sus tierras a las comunidades campesinas. La novela explora las consecuencias de esta medida en la zona de Chiapas, estudia las tensiones sociales surgidas entre los indios tzotziles de San Juan de Chamula, y los ladinos “caxlanes”, terratenientes de Ciudad Real. Los indios se sublevan contra Ciudad Real,  impulsados simultáneamente por la actitud progresista de Fernando Ulloa -ingeniero funcionario del gobierno central, enviado para poner en marcha la reforma- y por las profecías mágico-religiosas de la ilol Catalina -la esposa estéril de Winiktón, que se convierte en sacerdotisa de los chamulas. Como es de esperarse, los terratenientes reaccionan con temor ante el alzamiento, y dado que se trata de una movimiento social magmático, caótico, sin programa ni dirigencia, no tardan en sofocarlo y castigar a los indios. Lo particular en “Oficio de tinieblas” es la gran importancia que asumen, en este conflicto, los personajes femeninos, y especialmente Catalina Díaz Puiljá, quien podría ser considerada la protagonista de la novela.

El problema inicial de Catalina es que no puede tener hijos en una sociedad tradicional donde el valor de la mujer se define por la capacidad de engendrar, ser madre y esposa. Esta frustración la lleva a asumir el otro rol disponible para una mujer como ella: se transforma en “ilol”, una sacerdotisa que gana prestigio en la comunidad a raíz de su conexión con lo sagrado. En determinado momento, el deseo de ser madre y el rol adquirido de sacerdotisa se funden: la escena clave para entender este proceso es la incursión en la cueva, una suerte de templo subterráneo maya que se convierte en el sitio de una maternidad simbólica y suplementaria. En la cueva, Catalina se transfigura en “madre de todos los chamulas”, y los conduce, insensiblemente, a la rebelión y a la muerte. En la cueva, Catalina puede ser madre de los ídolos, un trío de figurillas rústicas que, en primer lugar, estaban hechos de piedra -se supone que eran ídolos “auténticos”-, pero que pronto son destruidos por la furia extirpadora de idolatrías del cura Manuel Mandujano. Una vez destruidas las figuras de piedra, Catalina las reemplaza, forjando con sus propias manos unos ídolos de arcilla de los cuales es, ahora sí, madre, creadora y guardiana. Alrededor de Catalina y sus ídolos se forma un culto secreto, clandestino, que congrega a multitudes de indios reverentes. Dado que en esta novela la religión y la política son indesligables, lo que empieza como un práctica religiosa se transforma en una célula revolucionaria, donde se comienza a acumular la violencia, una violencia histórica producto de una cadena de inacabables abusos, que estalla contra los ladinos usurpadores. Quien personaliza la “justicia” de este reclamo es el mismo Winiktón, que ha aprendido el español y es respetado como una autoridad por ser un “ex-juez”. Sin embargo, la cueva también es el lugar donde Catalina puede renunciar a los roles tradicionales de madre y esposa, para desarrollar un vínculo excluyente con los “poderes ocultos” que puede entenderse, desde la teoría de Julia Kristeva sobre el carácter revolucionario del lenguaje poético, como un vínculo particular con las potencias semióticas del cuerpo.

René Prieto, en su estudio sobre “Oficio de tinieblas”, subraya que la experiencia de “trance místico” en la cual ingresa Catalina implica una incursión de lo prelingüístico, que se manifiesta, es decir, se “sintomatiza”, a través de una performance exaltada del cuerpo y del gesto: sudores, gritos, convulsiones, son los síntomas de su enajenación. Cuando está “fuera de sí”, Catalina no se queda en silencio, sino que elabora una lengua especial, trans-individual y tribal, aunque todavía precaria: “Y Catalina habló. Palabras incoherentes, sin sentido. Se agolpaban en su lengua las imágenes, los recuerdos. Su memoria ensanchaba sus límites hasta abarcar experiencias, vidas que no eran la suya, insignificante y pobre. En su voz vibraban los sueños de la tribu, la esperanza arrebatada a los que mueren, las reminiscencias de un pasado abolido” (212). En otras palabras, Catalina se hace médium de una memoria colectiva reprimida, a través de un uso particular del lenguaje: “Luego alzó la voz, una voz ronca de sufrimiento; no modulaba sílabas, no construía palabras. Era un gemido simple, un estertor animal o sobrehumano” (219). Esta expresión puramente corporal, sin articulación, va elaborándose poco a poco, hasta que Catalina, por fin, es capaz de articular sus experiencias corporales, de traducir la carga semiótica a una visión mítica revolucionaria. Esto ocurre durante la semana santa, justo antes de la crucifixión de Domingo: “Por primera vez no se extravía en falsas veredas. Sabe lo que ha de decir y encuentra las palabras justas. Ni balbuceo ni enigma. Y la revelación no se abre paso como antes, como siempre, entre el delirio. Catalina conserva la lucidez; es dueña de sí misma; es libre” (324). En términos de Kristeva, podríamos decir que aquello que primero surgió como un asalto tumultoso de una corporalidad sufriente, ha cristalizado ahora en una síntesis de lo semiótico y lo simbólico, en la cual lo segundo es dócil canal de comunicación al mandato de lo primero. Catalina ha conseguido “incursionar en lo inarticulado” para luego resurgir de dicha tiniebla con un mensaje inteligible, pero cargado de resonancias profundas.

Las consecuencias de esta visión son trágicas, porque son tremendamente efectivas. En otras palabras, la ilol logra persuadir a los indios de aglutinarse en torno a ella y plegarse a sus deseos. En la escena en cuestión, Catalina y su familia están en la iglesia. Ahí está Domingo, el hijo pequeño de Marcela y Leonardo Cifuentes (producto de una violación que se da en las primeras páginas), a quien Catalina ha criado como si fuera su madre: no es, sin embargo, su hijo biológico, y este hecho hace que convivan en ella la ternura y el rencor hacia el niño. Su renuncia final a su condición de “mujer doméstica” y su metamorfosis en lidereza político-religiosa ocurre cuando, en un rapto de inspiración, decide darles a los chamulas un Cristo propio, que sea el dios tutelar que, bajo la promesa de inmortalidad, les permita sentirse iguales a los ladinos y sublevarse contra la opresión. La víctima sacrificada es Domingo: Catalina lo entrega a los indios, quienes, subyugados por el prestigio de la ilol, lo crucifican ahí mismo, en la iglesia. El niño muere desangrado en la cruz; a partir de este hecho, Catalina cae en un estado de marasmo que no la abandonará hasta el final. Sin embargo, la entrega sacrificial de su “hijo” puede leerse en la misma línea de su conversión en sacerdotisa y lidereza política: la articulación, primero precaria y luego más perfecta, de un discurso mítico-revolucionario, debe ser complementada por un gesto ritual que consiga enardecer los ánimos y despertar la violencia. La crucifixión de Domingo se enmarca dentro de un culto religioso sincrético que, por cierto, incluye elementos católicos, pero también recoge contenidos indígenas: por ejemplo, la creencia de que son los santos patronos, los tótems de cada grupo, los que determinarán el éxito o fracaso en el enfrentamiento entre indios y ladinos. Por otra parte, el sacrificio de Domingo es coherente y necesario, desde el punto de vista de Catalina, porque sólo así consigue infundir en los chamulas la convicción en su propia inmortalidad, un sentimiento de invulnerabilidad que los arroja a levantarse en armas.

Este acto ritual los envalentona y marca el inicio de la caótica sublevación, la cual, según la representa el narrador, está guiada por ciegos impulsos mágico-religiosos y carece de organización y de metas prácticas. Por eso fracasa, entre otras razones: por ejemplo, la traición final de Fernando Ulloa, quien en un primer momento se suma a la rebelión, pero que al verse perdido se entrega a los ladinos y les revela las armas, posiciones y planes de los alzados. Este final de derrota puede ser entendido, me parece, como una posible -y hasta probable- conclusión a otra rebelión famosa en la literatura latinoamericana: la que apenas empieza, con todos los bríos que ve en ella el niño Ernesto, hacia el final de la novela “Los ríos profundos” (1958) de José María Arguedas, publicada apenas cuatro años antes que “Oficio de tinieblas”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: