Notas de lectura de Luis Hernán Castañeda

Maternidad y duelo en “Casa de cuervos” de Blanca Varela

Posted in Poesía by castanel2 on 08/03/2010

En el imaginario romántico, la reproducción biológica presenta un carácter marcadamente misógino. La embriología de los siglos XVII y XVIII acuñó el concepto de la “singularidad paternal”: una creencia según la cual sólo uno de los progenitores, el padre, era el agente en la creación de un nuevo ser. En esta concepción, la madre cumplía el rol pasivo de receptáculo del semen paterno; éste, entendido como un principio activo, estaba dotado de un poder demiúrgico capaz de dar forma a la materia de la sangre menstrual. Como señala Marie-Helène Huet en su libro Monstruous Imagination, estas ideas sobre la reproducción biológica tuvieron su correlato en la estética del romanticismo: el mito autorial romántico por excelencia es el del padre-creador que, sin concurso de la madre, prescinde de la cópula para generar vástagos por cuenta propia. La procreación se torna, así, en un ejercicio intelectual y artificial del ego romántico, ajeno al cuerpo y a la mujer.

 “Casa de cuervos”, poema del libro Ejercicios materiales, es un arte poética que reflexiona sobre la escritura poética a través de la metáfora de un parto creador acusadamente femenino. Se trata de una metáfora de evidente sesgo anti-romántico, puesto que desarticula el mito autorial excluyentemente viril. Para Susan Friedman, la desactivación del mito romántico es posible porque éste se sostenía en una metáfora incongruente: “La metáfora del parto masculino le presenta al lector tres obstáculos: la falsa ecuación entre los libros y los vástagos; la imposibilidad biológica de una reproducción excluyentemente masculina; y la separación cultural entre creación y procreación” (78). En reemplazo de la metáfora del parto masculino, “Casa de cuervos” produce un nuevo tropo para representar la autoría: el tropo melancólico de una maternidad indesligablemente vinculada con la persistencia espectral del hijo perdido.

“Casa de cuervos” elabora poéticamente una experiencia vital asociada con la procreación: la soledad y el desamparo del progenitor, especialmente de la madre, una vez que el hijo ha asumido una identidad autónoma. La dolorosa separación de la madre y el hijo constituye el instante patético y el momento simbólico central del poema. Se trata de una separación que, en realidad, condensa dos procesos distintos, el parto mismo y la individualización del vástago. La gestación previa a estos procesos se espacializa en la imagen de la “casa”, de tal manera que el útero materno aparece como el hogar transitorio del hijo-poema transfigurado en cuervo. La voz poética de “Casa de cuervos”, que es indiscutiblemente femenina, corresponde a la madre que se dirige al hijo-interlocutor que la desaloja después de haberla habitado. En su residencia materna, el cuervo-poema ha sido alimentado con una “realidad mal cocida” y con “tantas y tan pobres flores del mal”; en otras palabras, el doble sustento está constituido por la materia “cruda” de lo real antes de ser tamizada por la elaboración poética, y además por el influjo intertextual de la estética simbolista baudelaireana. La madre se reprocha por la pobreza de estos alimentos y declara una culpa que tiñe la expresión, un arrepentimiento que resemantiza el momento del parto como la absolución ritual del hijo que, al nacer y al ingresar en el mundo, consigue abandonar el inhóspito habitáculo materno: “ego te absolvo de mí/laberinto hijo mío”.

Como en el rito de la penitencia, la madre absuelve al hijo de una existencia pecaminosa: la que acontece al interior del útero. Más allá de la fórmula católica  “ego te absolvo a peccatis tuis”, la palabra “ego” alude, por similitud fonética, a “ergo”, y refuerza la relación causal entre la culpa materna y la absolución del hijo; en otras palabras, la madre libera y expulsa al hijo -es decir, literalmente “lo escribe” – para rescatarlo de sí misma. Este instante de absolución señala el nacimiento de una entidad autónoma y diferenciada de la madre. La autonomía de este segundo cuerpo es, sin embargo, inestable, puesto que la herencia negativa legada por la madre, esa “náusea heredada como heredan los peces la asfixia”, marca una semejanza entre la creadora y su creación que remite a la identidad original entre el cuerpo de la madre y el cuerpo del hijo. En palabras de Cynthia Vich, “la aceptación racional de la necesidad de la separación no impide que desde la pulsión emotiva de la subjetividad materna el hijo continúe siendo ella misma” (258). De ahí el uso del término “laberinto” para nombrar al hijo, porque el laberinto, símbolo borgeano de un cosmos ilegible y caótico, sirve en este caso no sólo para describir y representar al vástago, sino también para caracterizar la maternidad como una traumática experiencia de dislocación identitaria en la cual los sujetos involucrados, la madre y el hijo, oscilan dramáticamente entre la fusión y la distancia.

Notoriamente, representar al hijo como un “laberinto” implica realizar una inversión en el vínculo del contenido y el continente. Si la madre es capaz de perderse a sí misma en un laberinto, ello se debe a que ha dejado de ser la habitación del hijo para convertirse, después del parto, en su habitante y en su inquilina. Esta subsunción de la madre en el hijo enlaza imágenes de corporalidad y de mortalidad: “juegas con mis huesos”, increpa al hijo aquella misma voz crecientemente impersonal que se autodescribe y se des-subjetiviza como “hierba ceniza peste fuego” y como una “casa vacía”, morada desierta a la cual el hijo no ha de volver. Vich describe este proceso como una “cadaverización” causada por un vaciamiento (254): el poema pone en escena la autorreflexión post-mortem acerca de un parto que ha aniquilado a la progenitora. Por su parte, Eduardo Chirinos entiende este vaciamiento materno como una variante corporal del desasimiento místico perseguido por los ejercicios espirituales de San Ignacio (219).

En mi opinión, también es posible plantear que la ausencia del hijo genera en la madre un proceso psíquico que fuera estudiado por Freud en su clásico ensayo “Duelo y melancolía”. En el proceso del duelo, la pérdida traumática del objeto amado determina que este quede introyectado, es decir, “alojado dentro del yo como un cuerpo forastero” (Avelar 19). Tras el parto, el hijo perdido se espectraliza y permanece inscrito en una subjetividad materna que se transfigura en cripta, en versión sepulcral del útero. En otros términos, el duelo y la maternidad se alían metafóricamente en una reflexión sobre la maternidad que es, también, una visión de la escritura. La pérdida del objeto amado se transfiere al sujeto que lo añora, y produce la muerte del ego de dicho sujeto; en este caso, de la madre. Es por ello por lo que podemos hablar de una inversión en el vínculo del contenido y el continente. Así, el trabajo de duelo, que consiste en una desintroyección -es decir, en una retirada de la carga libidinal investida en el objeto ausente -, queda indefinidamente postergado. En términos autorreflexivos, la escritura poética no asume una función terapéutica, sino que se entiende como un melancólico ejercicio post-traumático. Si el poema “Casa de cuervos” se presenta como “impecable retrato”, se trata del relato metapoético de la creación como un acto sacrificial, en el cual la escritura canibaliza al sujeto que la emprende. Sólo el eco de la voz materna permanece en el poema, para dar cuenta de su propia desaparición.

Obras consultadas:

Avelar, Idelber. Alegorías de la derrota: la ficción postdictatorial y el trabajo del duelo. Santiago de Chile: Cuarto Propio, 2000.

Chirinos, Eduardo. “El reptil sin sus bragas de seda”. Nadie sabe mis cosas. Reflexiones en torno a la poesía de Blanca Varela. Eds. Dreyfus, Mariela y Silva Santisteban, Rocío. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2007.

Friedman, Susan. “Creativity and the Childbirth Metaphor: Gender Difference in Literary Discourse”. Speaking of Gender. Ed. Showalter, Elaine. New York: Routledge, 1989.

Huet, Marie-Helène. Monstruous Imagination. Cambridge: Harvard UP, 1993.

Varela, Blanca. Canto Villano. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 1996.

 Vich, Cynthia. “Este prado de negro fuego abandonado”. Nadie sabe mis cosas. Reflexiones en torno a la poesía de Blanca Varela. Eds. Dreyfus, Mariela y Silva Santisteban, Rocío. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2007.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: