Notas de lectura de Luis Hernán Castañeda

Nietzsche y los usos de la historia

Posted in Teoría crítica by castanel2 on 23/02/2010

Nietzsche: “On the Advantage and Disadvantage of History for Life” (1874)

La reflexión de Nietzsche sobre los usos de la historia se enmarca en una crítica exaltada de la modernidad, que se convierte en diatriba contra Europa y, en especial, contra el estado de la cultura alemana. Nietzsche condena su época por haber desligado la cultura de la vida, debilitando así la personalidad del hombre moderno, anulando sus energías instintivas y neutralizando, en fin, lo que hay en él de “vital”. Dentro de este marco, la relación entre la historia y la vida se ha pervertido. Al hacerse científica, la historia ha dejado de servir a la vida para convertirse en un fin en sí misma. La hipertrofia del conocimiento histórico, fenómeno característico de la época, ha permitido una invasión de datos, tradiciones e influencias foráneos; el resultado es un bagaje de información caótica y excesiva, que resulta indigerible. La cultura se ha degradado al constituir una enfermiza “segunda naturaleza”, un simulacro de cultura. La cualidad más distintiva del hombre moderno, invadido y superado por esta pseudo-cultura histórica, es la oposición entre un interior sin exterior, y un exterior sin interior. La ruptura del vínculo entre el afuera y el adentro manifiesta la ruptura entre la cultura y la vida.

Nietzsche plantea que hay dos modos de comprender la historia: primero, como exceso intelectual o lujo del conocimiento, como una especulación abstracta y autosuficiente que desdeña la praxis. Segundo, se puede entender la historia como praxis: sería entonces una actividad intelectual destinada a influir sobre la vida y promover la actividad humana, una actividad heroica y transformadora. En la modernidad, la primera acepción de historia triunfa sobre la segunda, que es la única legítima. Su legitimidad proviene de la comprobación de una verdad existencial irrefutable: la relación que el hombre mantiene con la historia, es consustancial y lo define en tanto hombre “vital”, capaz de intervenir en el mundo. A diferencia del animal, ser ahistórico, el hombre es un ser esencialmente histórico porque posee memoria y ella le impone la carga del recuerdo imborrable del pasado. Quizá la condición de la felicidad absoluta sea el olvido: la capacidad de vivir ahistóricamente, propia del ser irracional, pero también del sabio “suprahistórico”. Si bien es cierto que sin algún grado de olvido, la vida sería imposible – una híper-conciencia histórica, constante y exhaustiva, sería insoportable y destructiva -, también es verdad que siendo el hombre un ser histórico, el relativo nivel de felicidad que es capaz de alcanzar depende no tanto del olvido radical como del “buen uso” de la historia.

Nietzsche establece una analogía entre el individuo y el pueblo en sus respectivas vinculaciones con el pasado. La salud individual y colectiva descansa en la capacidad del sujeto – singular o plural – de combinar, estratégicamente, dosis de recuerdo y cuotas de olvido, alternando lo histórico y lo ahistórico. Esta capacidad se entiende como un “poder” que resulta útil para conducir los procesos de asimilación y transformación de los hechos del pasado, procesos que son especialmente valiosos si hablamos de hechos dolorosos, traumáticos. Hay individuos y pueblos que gozan de un mayor “poder plástico” para lidiar con las heridas del pasado, reformulándolas y auto- reconstruyéndose. La historia se define, entonces, como un cierto modo de “usar” el pasado en función del presente. La recompensa es la “buena salud”, que viene acompañada por la fe en el futuro.   

La vida proyectada al futuro requiere, entonces, el servicio de la historia. El hombre puede establecer tres modalidades de vinculación con el pasado, que deben hallarse en equilibrio: puede usarlo como ejemplo para su actividad y su lucha; puede preservarlo y admirarlo, como una pieza de museo; puede sufrirlo con dolor y necesitar, por ello, olvidarlo. De estas tres formas de relación se desprenden tres tipos de historia: la historia monumental, la historia anticuaria y la historia crítica.

El hombre superior, el gran artista, el genio militar y el estadista, es el usuario ideal de la historia monumental. El gran hombre monumentaliza las hazañas de los grandes hombres y culturas del pasado, con la intención de emplearlos como modelos para su acción en el presente. Cabe aquí la famosa definición ciceroniana de la historia como “maestra de la vida”, que tanto éxito tuvo, por lo menos en la España humanista, en la era de los grandes descubrimientos y conquistas. Por otra parte, el hombre que busca enraizarse en una tradición, que necesita hallar una verificación de su identidad en el conocimiento de un pasado prestigioso, pretenderá establecer una genealogía entre el pasado y el presente, para sentirse anclado en terreno familiar y sólido: Nietzsche emplea la imagen del árbol al que sostiene un complejo sistema de raíces. Finalmente, el hombre que se ve oprimido por un presente miserable, el que carga sobre sus espaldas el peso de un gran dolor, se verá dispuesto a juzgar con severidad el pasado que produjo las penurias de la actualidad, con la intención final de condenarlo a un olvido sanador.       

La felicidad humana, tanto la individual como la colectiva, depende de un uso balanceado de las tres formas de historia. El predominio de cualquiera de ellas generaría consecuencias destructivas, y terminaría por quebrar el vínculo entre la historia y la vida. Si la historia monumental desplaza a las otras dos, entonces se corre el riesgo de concebir el pasado, el presente y el futuro como dimensiones análogas, casi especulares: un archipiélago de hazañas y gestas, “una colección de efectos” en la que se pasan por alto la causalidad y el azar. Un predominio exagerado de la historia anticuaria inhibe la realización de proyectos ambiciosos, pone un freno a la vida, porque parte de una premisa pesimista: nada de lo que se pueda hacer en el presente, podrá igualar o superar la altura de lo que se logró hacer en el pasado. Por último, la anulación del pasado, su condena al olvido, puede ser beneficiosa en alguna medida, pero si se torna hegemónica, se crea el peligro de repetir los errores que habían generado, en primer lugar, la necesidad del olvido. Por más que la semilla haya sido maligna, el árbol que creció de ella debe reconocerla como punto de origen, y saber corregir sus desviaciones. Esa semilla tampoco representaba un origen absoluto: era, también, un producto histórico.

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