Notas de lectura de Luis Hernán Castañeda

“Amalia” (1844) de José Mármol: el lenguaje del terror

Posted in Romanticismo by castanel2 on 14/02/2010

Etienne Balibar sostiene en “The Nation Form” que la constitución de la nación-estado tiene como condición de posibilidad la intervención en la esfera privada con el objeto de nacionalizar al individuo, es decir, de producir al homo nationalis. Esta interpelación (Althusser) nacional del sujeto debe trascender las diferencias de clase mediante la institucionalización homogeneizadora de la ciudadanía. El factor que permite la creación de una comunidad nacional es la inscripción de la existencia individual en la urdimbre de una narración colectiva, de tal manera que el ciudadano empieza a reconocerse como parte de una colectividad de iguales. La nación así conformada precede al estado y lo legitima al reconocerse en su marco, en oposición a otros estados: así se construye la nación-estado moderna, sin la cual no puede existir voluntad nacional-popular (Gramsci) ni monopolio de la violencia organizada (Weber). Entonces, para Balibar, el problema fundamental de la nación es la producción de un sujeto colectivo: el pueblo, que debe ser capaz de “autogenerarse” indefinidamente para asegurar la supervivencia de la nación-estado. Por supuesto, el pueblo no goza de existencia objetiva ni es, tampoco, un dato natural, razón por la cual su producción debe basarse en la creación de una etnicidad ficticia (raza, lengua, religión) o, si hablamos de nacionalismos políticos, en la doctrina del pacto (el plebiscito diario de Renan).

En “Amalia” se ofrece una explicación del fenómeno del rosismo que, precisamente, gira en torno al problema de la producción del pueblo. El narrador omnisciente que organiza el relato, y que muchas veces ofrece lecturas del panorama político y diagnósticos sobre la realidad cultural argentina, afirma que el poder de Rosas se sostiene en la ausencia de un sujeto colectivo nacional; en la falta de un pueblo. Este no es un dictamen original, ya que también en “El matadero” se ve una clara distinción entre pueblo y chusma, siendo el primero un objeto utópico, y el segundo la definición de la plebe que se agita, como un ser monstruoso, en el lodazal sangriento del matadero: una plebe que no podría constituirse en nación, porque es dirigida por Rosas como una masa desprovista de individualidad; como una banda de vampiros que sólo puede ser representada en clave gótica (Dabove), y que (tácitamente) debe ser exterminada y suplantada por inmigrantes europeos. Como para el Sarmiento autor del “Facundo”, para el narrador de “Amalia” el caudillo es expresión de un modo de ser pseudo-social en el cual el vacío institucional ha generado un simulacro de sociedad, que en realidad es una banda criminal. Dice el narrador de “Amalia” que esta “multitud obscura y prostituida” fue interpelada por Rosas, pero no para producir una nación-estado, sino para subordinarse ciegamente a los designios del dictador. El error de la primera generación de unitarios, simbolizada por Rivadavia en Sarmiento, fue creer en la utopía de un “sueño constitucional”, una “quimérica república” que, dados los pobres materiales ofrecidos por la chusma argentina, jamás pudo realizarse.

La única ciencia de Rosas consiste, entonces, en saber dominar, usando la lisonja y la violencia, las bajas pasiones del populacho, impidiendo así la formación de una nación auténtica: lo que prima es la barbarie, que ha invadido a la misma Buenos Aires. Claramante, una plebe así entendida no puede ofrecer “individuos nacionalizables”, pues como decía Sarmiento, el vacuum la pampa quiebra toda asociación humana y fomenta un culto al coraje que, a su vez, impide la división del trabajo y genera la ilusión de autonomía del gaucho, que no necesita integrarse a una comunidad mayor para poder sobrevivir en la naturaleza. El gaucho es, paradójicamente, un individuo radicalmente singular, pero en su estado primigenio, es anti-nacional, porque lo que requiere una nación es la concertación armónica de las individualidades. Viene a cuento, al hacer estas reflexiones, el personaje de Fermín, criado del héroe conspirador Daniel Bello; Fermín es un gaucho cuyos instintos, su “segunda naturaleza” bárbara, han sido corregidos por la civilización; sin embargo, dicha corrección no implica la producción de un individuo libre, que pueda pertenecer por derecho propio a la nación, sino que presupone más bien la instauración de una relación jerárquica entre un amo y su criado. Fermín sólo es “reconvertible” para los fines de la civilización siempre y cuando esté al servicio de su patrón, el falso federal Daniel Bello, hijo del hacendado Antonio Bello. Del mismo modo, se puede recordar que, en la famosa tipología del gaucho que se ensaya en el “Facundo”, los gauchos sólo son asimilables al proyecto nacional si se los concibe al servicio del juez, del hacendado, del empresario: abasteciendo las necesidades del estado, de la economía, del ejército. Josefina Ludmer tiene mucho que decir sobre el “uso del cuerpo del gaucho” en, precisamente, la gauchesca.

Pero la ciencia de Rosas, el dominio que ejerce sobre el simulacro de sociedad argentino, pasa también por la instalación del terror como sistema. En la novela de José Mármol, el terror aparece representado como una enfermedad social contaminante, que penetra en la vida privada como una fuerza que podríamos considerar “contra-nacional”. Una vez más, el riesgo de la contaminación, clave en la literatura gótica, es central en el imaginario letrado sobre la barbarie de lo popular (Dabove). El terror se interpone entre padres e hijos, entre hermanos; instala la sospecha entre los miembros de la familia, contaminando así la “comunidad” entera mediante un oscurecimiento de la transparencia de lo social. El terror es un mal que “postra el espíritu y embrutece la inteligencia”, llenando de desconfianza el ánimo de todos. Pero el terror no es, únicamente, obra de un régimen político: es una manifestación cultural, es efecto de la deficiente nacionalización de la cultura “argentina”. Es por ello por lo que el narrador de “Amalia” censura como inútil el esfuerzo unipersonal de Daniel Bello, empeñado en poner en marcha una conspiración que carece de arraigo en lo social. Esta deficiente nacionalización permite y, a la vez, se retroalimenta del sistema de delaciones sembrado por Rosas y administrado, en gran medida, por las mujeres de su familia, como María Josefa Ezcurra, la hermana de su esposa muerta (los celos que despierta en Florencia Dupasquier son muestra de su gran capacidad disociadora). Dentro de este sistema, la vida de las familias se halla “oscurecida” por la presencia siempre amenazante de los criados, los negros, las lavanderas, convertidos en perfectos espías (recordar la especial aversión de Echeverría por las negras achuradoras). En una sociedad donde cualquiera puede ser un traidor, la paranoia resultante también contribuye a la disolución del tejido comunitario.  

¿Cómo se administra el terror en el régimen de Rosas? En gran medida, gracias a un diestro control del lenguaje. Hay varias escenas de “Amalia” que proporcionan ejemplos del poder des-nacionalizador de la retórica rosista, que invade todo espacio social y lo destruye. Está el relato de una sesión de la Sociedad Popular Restauradora, dirigida por su tosco presidente Julián González Salomón: el discurso oral no es, ya, vehículo de transmisión de ideas ni de intercambio de pareceres, sino mero gesto automático y repetitivo de fidelidad y exclusión. La repetición maquinal de las arengas se explica por la necesidad compulsiva de autoidentificarse continuamente como federal, fiel al Restaurador y enemigo de los salvajes unitarios, por el terror a ser acusado de lo contrario. Este terror enfermizo se ve representado, en modulación cómica, a través del maestro Cándido, en quien la digresión incontrolable y el adjetivo rimbombante son síntomas de un lenguaje traspasado por el miedo, que se rehúsa a referir su objeto por causa del fantasma, real y onírico, de la delación. Por último, el mismo Juan Manuel de Rosas se relaciona con sus subalternos empleando un discurso reticente, que simula indiferencia y camufla las órdenes como frases casuales. Rosas nunca ordenará la ejecución de un enemigo político, pero sí le hará saber a sus siervos que ese plan secreto forma parte de sus intenciones. Este modo oblicuo de expresión es, también, causa y efecto del oscurecimiento de los lazos colectivos.

“Amalia” es un texto que, por su condición de novela, está quizá mejor equipado retóricamente que otras modalidades discursivas para dramatizar, en el relato, las “perversiones” que sufre el lenguaje durante el rosismo. Es en el “mundo al revés” de la dictadura, trastocadora de vocablos, donde los unitarios pueden ser “salvajes” y donde la federación alcanza su “santidad”.

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