Notas de lectura de Luis Hernán Castañeda

Gonzalo Fernández de Oviedo: “Historia general y natural de las Indias”

Posted in Literatura colonial by castanel2 on 01/02/2010

Como su título lo advierte, la “Historia general y natural” de Oviedo se propone historiar una materia vasta y variada: quiere ser historia natural, es decir, dar noticia del mundo natural americano, que convoca la atención por su novedad, diversidad y fertilidad. Pero también pretende ser historia general, es decir, ofrecer una narración verdadera y una interpretación moral de los hechos correspondientes al descubrimiento y la colonización del territorio americano, desde 1492 hasta 1549. La primera parte se imprimió en 1535; la obra completa en cuatro volúmenes fue editada póstumamente entre 1851 y 1855.

En la epístola dedicatoria, Oviedo subraya su conciencia de historiador frente a la magnitud de este proyecto. Para llevarlo a cabo, afirma encontrarse especialmente dotado, “por natural inclinación y deseo”. En último término, esta ambiciosa empresa de conocimiento totalizante encuentra una justificación religiosa que el historiador entiende como una “hermosa codicia”: si el hombre viaja “por otras muy apartadas provincias peregrinando”, no se debe a una curiosidad vana y por ende pecaminosa, sino a una proclividad del entendimiento racional que conduce, mediante el aumento del saber, al incremento de la gratitud y la alabanza debidas al Maestro de Natura. En cuanto a la reformulación del concepto de “codicia”, sabemos que Oviedo era enemigo de una economía orientada centralmente al tráfico de metales, y más bien promovía una colonización agrícola, centrada en la productividad y la estabilidad.  

La natural inclinación del propio Oviedo lo lleva a acometer una obra que se autodefine como verdadera. Al igual que en el caso de Bernal Díaz, Oviedo se autorrepresenta como un hombre común, sin letras ni formación académica, que debe legitimar la veracidad de su historia sobre la base de la autoridad autóptica. Oviedo se autoriza apelando a la experiencia personal del testigo de vista, que reclama la confianza del lector  porque está resuelto a sólo dar por ciertas aquellas noticias que ha podido comprobar rigurosamente por sí mismo, o recoger de personas fidedignas. Oviedo no es tan sólo un testigo, sino un observador profesional, metódico y memorioso, que ha transformado su propia vida en un campo de observación, experimentación y clasificación. Si su obra va “colmada de verdad”, no queda lugar en ella para el estilo elevado, las palabras artificiales o el ornamento retórico. Incluso, en un exceso de falsa modestia, llega a concebir su obra como “materia prima” o material en bruto que puede ser reescrito y pulido por los historiadores profesionales. En este sentido, se aleja de una premisa básica de la historiografía humanista, la cual predicaba una alianza indesligable entre la construcción retórica y la revelación de la verdad histórica.

Frente al conocimiento libresco y la autoridad de los clásicos, Oviedo opone la primacía de la experiencia vivida y sufrida: la historia gana en veracidad por consistir de hechos experimentados, que han sido recolectados y analizados gracias a una cuota de sacrificio y sufrimiento. Por esta razón, la “Historia natural” de Plinio es tanto un modelo a seguir, como un texto antagonista, cuyos presupuestos Oviedo pondrá en cuestión. Se da así un conflicto entre el saber grecolatino y el saber empírico, que se hace visible, por ejemplo, en la evidente comprobación de que la llamada zona tórrida sí está habitada. En otro momento, Oviedo utiliza una combinación del recurso a la autoridad clásica y la experiencia contemporánea de navegación transatlántica para sostener que las Hespérides son las Indias, corrigiendo así la visión del Tostado, que sostenía que eran más bien las islas Fortunadas.

Si bien Plinio ofrece un principio taxonómico de composición y de organización de los materiales, es conocida la costumbre de Oviedo de acomodar el plan de sus obras a las imposiciones de una presencia autorial fuerte. El yo narrativo de Oviedo suele reordenar los hechos y combinar diversas modalidades discursivas en obediencia a los mecanismos de la memoria personal. Esto último es particularmente cierto para el Sumario, pero quizá también lo sea, en alguna medida, para la “Historia general y natural”. Si bien este texto promete imitar la estructura de Plinio, en el camino, asume desvíos y digresiones. Podemos consultar el capítulo ocho del libro décimo, dedicado a culebras, lagartijas y lagartos de la Española, Oviedo describe una inmensa sierpe de más de veinte pies de largo, y a continuación, “pues el caso lo ha traído a consecuencia”, interpola un breve episodio en que revela las circunstancias de su encuentro con la sierpe, mientras viajaba en barca por un río. Este segmento autobiográfico, que podría parecer caprichoso, en realidad sirve como “lección de escritura” para los historiadores cortesanos que escriben desde Europa sin conocer por experiencia directa la realidad que describen. La figura polémica aquí es, explícitamente, Mártir Anglería, contra quien Oviedo había arremetido pocas páginas atrás del episodio de la sierpe, con motivo de su torpe analogía entre la iguana y el lagarto.

Así como el “Sumario”, la “Historia” hace frente a ciertos problemas taxonómicos graves que se derivan, una vez más, de la colisión entre la autoridad de los antiguos y la experiencia directa. Se comprueba una evidente inadecuación entre la realidad natural americana y los sistemas clasificatorias disponibles para categorizarla. Esta inadecuación será el síntoma de una verdadera crisis de representación que producirá, a partir del siglo XVII, una reformulación de las relaciones entre el lenguaje y el referente, que concederá un sitial cada vez más preponderante al carácter artificial de la mediación. Desde unas coordenadas taxonómicas aristotélicas, sin embargo, la distancia entre el sistema y la realidad no es una variable pertinente, debido a que la taxonomía aristotélica se autoconstruía como mímesis directa de un orden intrínseco a las cosas. En ese orden, las categorías de género y especie son, o deberían ser, un pilar inamovible que, no obstante, fue desestabilizado por la observación de animales y plantas americanos.

Al observador se le presentan casos problemáticos, como el árbol de las soldaduras, que sin embargo sí es capaz de resolver: este “monstruo del género de los árboles” llama la atención por su aspecto fiero y salvaje, pero Oviedo resuelve el problema apelando a tres estrategias: la descripción minuciosa; la ilustración, o sea el “mal debujo”; y la indicación de dónde es posible encontrar ejemplares auténticos del árbol. No obstante, hay dos casos que Oviedo no logra resolver satisfactoriamente: la iguana y el tigre. ¿Qué es la iguana, carne o pescado, considerando que es terrestre y acuática al mismo tiempo? ¿Cómo es posible que el tigre americano, el ochi, sea efectivamente un tigre, siendo un animal lento, cuando la esencia del tigre según los antiguos está en su velocidad? Oviedo termina diciendo que la iguana es animal neutral, y que la diversidad de las provincias del mundo explica que en algunas de ellas el tigre sea rápido, y en otras, lento. Sin embargo, su propia experiencia con el perro viajero, que no ladra ni en las islas ni el continente, debilita el argumento de la diversidad geográfica.

Cuando se imprime la primera parte de la historia en 1535, Oviedo declara ser procurador de la isla Española y la ciudad de Santo Domingo. Santo Domingo no es sólo su sitio de residencia, sino también un verdadero centro de cálculo, que subsume dos funciones complementarias: es tanto un laboratorio para el sujeto que experimenta, como un espacio de producción de conocimiento. Oviedo subraya que casi la totalidad de su vida ha transcurrido en tierras americanas: aunque llega a ellas sin cana alguna, cuando nos ofrece su historia ya está cubierto de ellas, y promete seguir trabajando hasta el fin de sus días. En otras palabras, hay una intensa conexión biográfica, ética y epistemológica entre la construcción de Oviedo como historiador ideal, y el espacio físico y simbólico donde lleva a cabo su empresa de conocimiento. Imaginar a Santo Domingo como un centro productor de saber implica una inversión de la lógica imperial de circulación del conocimiento, que nos lleva a pensar en otros textos coloniales más tardíos, como por ejemplo “La grandeza mexicana” de Bernardo de Balbuena.

Finalmente, en cuanto a la dimensión humana de la historia, podemos decir que Oviedo ofrece una interpretación moral propia de las guerras civiles en el Perú: la causa de la discordia entre pizarristas y almagristas no sería la tentación del espacio, como lo sugiere López de Gómara, sino la irrupción de ciertos personajes viles y despreciables que quiebran la armonía perfecta entre los dos héroes amigos, Francisco Pizarro y Diego de Almagro. Aunque Oviedo remite a un antecedente clásico, la famosa amistad entre los filósofos pitagóricos Damón y Fintias, lo cierto es que la autoridad de los antiguos comparte lugar una vez más con la experiencia biográfica: el historiador afirma ser amigo personal de ambos, Pizarro y Almagro, y además revela sentir dolor y lástima por su tragedia. Aún así, se apresura a asegurarnos que mantendrá la imparcialidad propia del historiador, que debe ser juez honesto y probo. Por último, declara que, “aunque fueran mis enemigos, yo no sabré decir sino lo que la verdad permitiere”.

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